La psicología contemporánea es una ciencia natural. Siendo el objeto de su estudio los fenómenos psíquicos y produciéndose éstos en seres vivos, es también una ciencia biológica. Las funciones psíquicas no son patrimonio exclusivo de la especie humana; ellas se constituyen desde las más elementales manifestaciones de la vida y se elaboran progresivamente a través de la evolución de las especies. Por eso la psicología no estudia solamente las funciones psíquicas del hombre; aunque las de nuestra especie animal nos interesan más que las de otras, sólo podemos considerarlas como una expresión compleja de las demás, derivando tal complejidad de las necesidades progresivas de la materia viviente en su evolución adaptativa a las condiciones del medio en que existe. En este sentido puede admitirse con James que la psicología es una “ciencia natural”, pero no sabríamos aceptar la interpretación que da a sus objetos de conocimiento; la concibe como un cuerpo provisorio de verdades relativas a los “estados de conciencia y a los conocimientos que ellos tienen el privilegio de darnos”. No podemos admitir que las “funciones psíquicas” son siempre “estados de conciencia”, y creemos que los conocimientos dados por éstos sólo son una mínima parte de las funciones que la psiquis desempeña en la evolución biológica de las especies. La existencia real de las funciones psíquicas es un dato primitivo de la experiencia; el hombre observa en sí mismo y en los demás hombres, como también en todas las especies vivientes, proporcionalmente a la jerarquía evolutiva de ellas. Y el hombre observa también los resultados de estas funciones; su intervención es decisiva en la conducta, es decir, en la adaptación de todos los actos de los seres vivientes a las condiciones del medio en que ellos se realizan. Estos breves postulados cuyo examen particular excedería a los límites de una introducción a los estudios que la Sociedad de Psicología ha emprendido, permiten señalar el criterio que, en mi concepto, puede servirle de guía, y también nos dejarán entrever cuál es la orientación general de los estudios encaminados al conocimiento de las funciones psíquicas. Sería estéril o peligroso arriesgarse a cruzar tan obscuros dominios sin llevar una clara noción de los caminos posibles, aunque osaríamos demasiado pretendiendo determinar en líneas precisas su vía maestra definitiva. La tarea no es fácil, a punto de no haberla resuelto los más preclaros ingenios humanos que en larga serie de siglos han pretendido fijar las condiciones de los fenómenos del espíritu y establecer sus leyes generales. Pero tampoco podríamos negar que sus dificultades han disminuido en los últimos lustros, gracias al prodigioso desenvolvimiento de los métodos que refuerzan y precisan las observaciones humanas y al auxilio poderoso de las ciencias afines, reconstituidas vigorosamente al calor del positivismo filosófico. Los psicólogos contemporáneos pueden afirmar que una ciencia comienza a organizarse sobre los escombros de las antiguas especulaciones metafísicas, más preocupadas de adaptar la realidad a las construcciones aprioristas del espíritu que de construir sistemas fundados en la intelección de la realidad, tal como nos la revela la experiencia. Los clásicos de la filosofía se consideraron obligados a penetrar en el dominio de los fenómenos psicológicos trayendo alguna idea filosófica, moral o física: el alma, la sensación, el átomo, la voluntad, el bien, el instinto, las imágenes, las facultades, etc.; hoy comenzamos a salir de esa corriente y a concebir la actividad psíquica como un proceso biológico en formación continua y no como una simple suma o combinación de elementos que preexisten por separado; en este sentido, los postulados más ruidosos de Bergson y James (“impulso vital”, “corriente de la conciencia”), pueden ser afirmaciones elementales de la psicología biológica evolucionista, sin que esto implique opinar sobre la validez o invalidez de sus inferencias metafísicas.

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